martes, 4 de junio de 2024

"La flecha", poema de José Emilio Pacheco












La Flecha 


No importa que la flecha no alcance el blanco

Mejor así.

No capturar ninguna presa.

No hacerle daño a nadie

pues lo importante

es el vuelo la trayectoria el impulso

el tramo de aire recorrido en su ascenso

la oscuridad que desaloja al clavarse

vibrante

en la extensión de la nada


(José Emilio Pacheco)

lunes, 3 de junio de 2024

"Vida", poema de José Hierro

 







Vida 


Después de todo, todo ha sido nada,

a pesar de que un día lo fue todo.

Después de nada, o después de todo

supe que todo no era más que nada.


Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada!

Grito ¡Nada!, y el eco dice ¡Todo!

Ahora sé que la nada lo era todo.

y todo era ceniza de la nada.


No queda nada de lo que fue nada.

(Era ilusión lo que creía todo

y que, en definitiva, era la nada.)


Qué más da que la nada fuera nada

si más nada será, después de todo,

después de tanto todo para nada.


(José Hierro)



"Detrás de aquella puerta", poema de Olga Orozco

 











DETRÁS DE AQUELLA PUERTA

En algún lugar del gran muro inconcluso está la puerta,

aquella que no abriste

y que arroja su sombra de guardiana implacable en el revés de todo tu destino.

Es tan sólo una puerta clausurada en nombre del azar,

pero tiene el color de la inclemencia

y semeja una lápida donde se inscribe a cada paso lo imposible.

Acaso ahora cruja con una melodía incomparable contra el oído contra el oído de tu ayer,

acaso resplandezca como un ídolo de oro bruñido por las cenizas del adiós,

acaso cada noche esté a punto de abrirse en la pared final del mismo sueño

y midas su poder contra tus ligaduras como un desdichado Ulises.

Es tan sólo un engaño,

una fabulación del viento entre los intersticios de una historia baldía,

refracciones falaces que surgen del olvido cuando lo roza la nostalgia.

Esa puerta no se abre hacia ningún retorno;

no guarda ningún molde intacto bajo el pálido rayo de la ausencia.

No regreses entonces como quien al final de un viaje erróneo

—cada etapa un espejo equivocado que te sustrajo el mundo—

descubriera el lugar donde perdió la llave y trocó por un nombre confuso la consigna.

¿Acaso cada paso que diste no cambió, como en un ajedrez,

la relación secreta de las piezas que trazaron el mapa de toda la partida?

No te acerques entonces con tu ofrenda de tierras arrasadas,

con tu cofre de brasas convertidas en piedras de expiación;

no transformes tus otros precarios paraísos en páramos y exilios,

porque también, también serán un día el muro y la añoranza.

Esa puerta es sentencia de plomo; no es pregunta.

Si consigues pasar,

encontrarás detrás, una tras otra, las puertas que elegiste.


(Olga Orozco)


"Los bienaventurados", poema de Francisca Aguirre

 









LOS BIENAVENTURADOS 


[…] ellos poseerán la tierra


Los fieles, los constantes,

los condenados a lo eterno,

los asombrados de una sola vez,

los que solo confían en el miedo,

los que edifican sobre el desengaño,

los cuidadosos que cosechan pasos,

los fareros de la rutina,

los cómplices tenaces del trabajo,

los que se mueren razonablemente,

esos que en tantas ocasiones

desearían con urgencia

que hubiese un dios al que pedir socorro.


(Francisca Aguirre)


sábado, 1 de junio de 2024

"Donde sonó una risa", poema de Rafael Guillén





DONDE SONÓ UNA RISA  


Donde sonó una risa, en el recinto

del aire, en los pasillos transparentes

del aire donde, un día

sonó una risa azul, tal vez dorada,

queda por siempre un hueco, un lienzo triste,

un muro acribillado, un arco roto,

algo como el desgaire de una mano

cansada, como un trozo

de madera podrida en una playa.


Donde saltó la vida y luego nada

echó a rodar, y luego nada, queda

una cama deshecha,

un cuarto clausurado, un portón viejo

en el vacío, algo

como un andén cubierto por la arena;

queda por siempre el hueco

que deja un estampido por el bosque.


De bruces, husmeando, rastreando

unas huellas, tirando

del hilo de un perfume,

penetra el corazón por galerías

que un latido de sangre subterránea

horadó alguna vez y allí quedaron.

Y que allí permanecen con su húmeda

oscuridad de tigres en acecho.

Penetra el corazón a tientas, llama

y su misma llamada lo sepulta.


Donde sonó una risa, una vidriera,

una delgada lámina de espacio

estalló lentamente. Y no es posible

poner de nuevo en orden tanta ruina.


Un nuevo aliento merodea. Llegan

otros sonidos hasta el borde y piden

su momento para existir. Afluyen

nuevas formas de vida

que al final toman cuerpo y se acomodan.

Pero el tiempo ya es otro y el espacio

ya es otro y no es posible

revivir lo que el tiempo desordena.


En la cresta del agua o de la espuma

donde una risa naufragó, ya nada

podrá buscar, hundirse, hallar los restos,

nadie podrá decir: éste es el sitio.

El mar no tiene sitios y sus cimas

son instantes de brillo y se disuelven.


Pero quedan los huecos, queda el tiempo.

El tiempo es un conjunto

de irrellenables huecos sucesivos.

Donde sonó una risa queda un hueco,

un coágulo de nada, una lejana

polvareda que fue,

que ya no está, pero que sigue hablando,

diciendo al alma que, en alguna parte

algo cruzó al galope y se ha perdido.


(Rafael Guillén)


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